En el Principio era el Verbo
En el Principio era el Verbo
Juan abre su Evangelio con palabras que han resonado a través de los siglos: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». En estas líneas encontramos algo asombroso: antes de que existiera el tiempo, antes de que hubiera luz o tinieblas, cielos o tierra, ya existía el Verbo — el Logos — y ese Verbo era Dios mismo.
¿Qué significa esto para nosotros? Significa que el universo no es un accidente. No surgió de la nada sin propósito. Fue creado por una Palabra viva, por una inteligencia amorosa que decidió expresarse. Cuando Génesis dice «Y dijo Dios: Sea la luz», vemos al Verbo en acción — creando mediante su palabra, trayendo orden del caos, vida de lo inerte.
Y luego viene lo más extraordinario de todo: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros». El mismo poder creador que formó las galaxias, que estableció las leyes del universo, que sostiene toda la existencia — ese Verbo se hizo hombre. Caminó entre pescadores y recaudadores de impuestos. Comió con pecadores. Lloró junto a una tumba. El Creador entró en su creación.
Jesús no fue simplemente un buen maestro ni un profeta más. Fue — y es — el Logos encarnado, Dios con nosotros, Emanuel. Por eso sus palabras tienen peso eterno. Por eso su vida es el modelo perfecto. Por eso su sacrificio tiene poder para transformar. No estamos siguiendo las ideas de un hombre sabio; estamos siguiendo al Autor de la vida misma.
Pablo lo entendió cuando escribió a los Colosenses: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten». Todo el universo existe en Cristo, por Cristo, para Cristo. No hay rincón de la existencia donde él no sea Señor.
Esto cambia todo. Si Cristo sostiene todas las cosas, entonces cada momento de tu vida ocurre dentro de su cuidado. Cada circunstancia, cada encuentro, cada alegría y cada prueba — todo sucede en el contexto de su señorío. No estás abandonado en un cosmos indiferente. Estás siendo sostenido por aquel que te amó antes de que nacieras.
El salmista lo intuía cuando escribió que los cielos cuentan la gloria de Dios. La creación entera es un testimonio silencioso del Creador. Pero en Jesús, ese testimonio dejó de ser silencioso. En él, Dios habló con claridad perfecta. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo Jesús a Felipe. Si quieres saber cómo es Dios, mira a Jesús. Su compasión es la compasión de Dios. Su amor es el amor de Dios. Su sacrificio revela el corazón mismo del Padre.
Esta es la invitación que se nos hace: conocer al Verbo que se hizo carne. No solo saber sobre él, sino conocerlo — entrar en relación con aquel que nos conoció primero, que nos amó primero, que dio todo por nosotros primero. El viaje de fe comienza aquí, en el asombro ante el misterio de la encarnación: Dios con nosotros, para siempre.