Fe y Obras
Fe y Obras
Santiago plantea una pregunta que ha resonado a través de los siglos: «¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?» Y luego ofrece un ejemplo concreto: si un hermano está desnudo y hambriento, y le decimos «ve en paz, caliéntate y sáciate» sin darle lo necesario, ¿de qué sirven nuestras palabras?
La fe genuina se manifiesta. No permanece escondida en el corazón como convicción privada. Se derrama en acciones. «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma», concluye Santiago. No porque las obras nos salven — Pablo es claro en que somos salvos por gracia mediante la fe — sino porque la fe verdadera inevitablemente produce fruto.
Jesús lo ilustró con la parábola del juicio final. El Rey separa a las ovejas de los cabritos, y el criterio no es doctrina correcta ni asistencia a reuniones. Es algo mucho más simple: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí».
Lo asombroso es que los justos ni siquiera recordaban haber hecho estas cosas. No actuaron para ganar puntos ni para ser vistos. Simplemente amaron — y al amar al más pequeño, sin saberlo, amaban a Cristo mismo. «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».
Pablo, el apóstol de la gracia, también entendía esto. Después de explicar la salvación por fe en Efesios, inmediatamente añade: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». No somos salvos por obras, pero somos salvos para obras. Es el propósito mismo de nuestra nueva creación.
¿Cómo se ve esto en la práctica? No necesariamente en gestos grandiosos. Jesús habló de dar un vaso de agua fría en su nombre. Habló de la viuda que dio dos blancas. Las pequeñas fidelidades importan. La palabra amable al desanimado. La paciencia con el difícil. El tiempo dado a quien lo necesita. La generosidad silenciosa que nadie aplaude.
Juan lo resume con claridad meridiana: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad». El amor cristiano no es sentimiento que se queda en el corazón. Es acción que sale al mundo. Es las manos y los pies de Cristo moviéndose hoy, a través de nosotros, hacia un mundo que necesita desesperadamente ver ese amor encarnado.
La pregunta no es cuánto podemos hacer — siempre habrá más necesidad de la que podemos cubrir. La pregunta es si estamos disponibles. Si cuando el Espíritu impulsa, obedecemos. Si cuando vemos necesidad, respondemos. No como carga pesada sino como expresión natural de lo que Cristo ha hecho en nosotros. Amamos porque él nos amó primero. Damos porque él se dio primero. Servimos porque él vino a servir.