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Capítulo Once

El Misterio y la Humildad

El Misterio y la Humildad

Pablo, después de exponer las profundidades de la sabiduría divina, se detiene asombrado: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?»

Hay un momento en todo camino de fe donde debemos admitir: no lo entendemos todo. Y eso está bien. Dios no nos pidió que lo comprendiéramos completamente. Nos pidió que confiáramos. «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia», dice Proverbios. La fe madura no exige tener todas las respuestas. Descansa en quien tiene las respuestas, aunque no las comparta todas con nosotros.

Job lo aprendió de la manera difícil. Después de capítulos de debate, de preguntas sin respuesta, de dolor que no tenía sentido, Dios finalmente habló. Pero no explicó el porqué del sufrimiento de Job. En cambio, reveló su grandeza — la creación del universo, las maravillas de la naturaleza, los misterios que Job no podía comprender. Y Job respondió: «He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca».

No fue respuesta a sus preguntas. Fue algo mejor: encuentro con Dios mismo. Y en ese encuentro, las preguntas perdieron su urgencia. Job no recibió explicación; recibió presencia. «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven».

Esto no significa que las preguntas estén prohibidas. Los salmos están llenos de preguntas honestas, incluso de quejas. «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?», clama David. Dios no se ofende con nuestra honestidad. Prefiere preguntas genuinas a certezas fingidas.

Pero hay humildad en reconocer los límites de nuestra comprensión. Isaías lo declara: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos».

Lo que sí sabemos es suficiente. Sabemos que Dios es amor — Juan lo afirma sin reservas. Sabemos que Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores — Pablo lo celebra. Sabemos que nada nos puede separar del amor de Dios — ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir. Los fundamentos están firmes, aunque muchos detalles permanezcan en misterio.

La fe no es certeza absoluta sobre cada doctrina. Es confianza en una Persona. Es decir con Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». No porque tengamos todo resuelto, sino porque hemos encontrado a alguien digno de nuestra confianza — alguien que demostró su amor en la cruz y su poder en la resurrección.

Este pequeño libro ha sido una invitación a meditar en el camino que Jesús enseñó. No pretende tener todas las respuestas ni reemplazar el estudio profundo de las Escrituras. Es simplemente una ofrenda — reflexiones de un peregrino para otros peregrinos, todos caminando hacia la misma luz.

El misterio permanece. Y en el misterio, encontramos no frustración sino asombro. No ansiedad sino adoración. Porque el Dios que no cabe en nuestras categorías es también el Padre que cuenta los cabellos de nuestra cabeza, que conoce nuestro sentarnos y levantarnos, que nos amó antes de que naciéramos y nos amará más allá de la muerte.

«Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido». Un día, toda la niebla se disipará. Toda pregunta encontrará respuesta. Todo dolor tendrá sentido. Hasta entonces, caminamos por fe — confiando en aquel que nos llamó, siguiendo al que nos amó primero, esperando el día en que lo veremos tal como él es.

Y mientras tanto, amamos. Porque al final, cuando todo lo demás se desvanezca, «ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor».