La Elección del Corazón
La Elección del Corazón
Jesús puso ante nosotros dos caminos con una claridad que no deja lugar a confusión: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan».
Hay dos direcciones posibles para el corazón humano. Una se curva hacia adentro, hacia el yo, hacia mis deseos, mi comodidad, mi gloria. La otra se abre hacia afuera, hacia Dios primero y hacia los demás después. Una acumula para sí; la otra da. Una busca ser servida; la otra busca servir. Una pregunta «¿qué gano yo?»; la otra pregunta «¿cómo puedo amar?».
Jesús lo ilustró con una parábola inolvidable: el hombre rico que acumuló tantos bienes que tuvo que construir graneros más grandes para guardarlos. «Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate», se dijo a sí mismo. Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma». Había vivido curvado hacia sí mismo, y al final no tenía nada que pudiera llevar consigo.
En contraste, Jesús señaló a la viuda pobre que echó dos blancas en el arca de las ofrendas — todo lo que tenía para vivir. «De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos», dijo. No importaba la cantidad. Importaba la dirección del corazón. Ella vivía abierta hacia Dios, confiando en él incluso cuando no tenía nada.
Esta elección fundamental — hacia adentro o hacia afuera, para mí o para otros, mi voluntad o la de Dios — se presenta cada día en mil formas pequeñas. En cómo respondes cuando alguien te ofende. En qué haces con tu tiempo libre. En cómo tratas a quien no puede devolverte el favor. En los pensamientos que permites cuando nadie te observa.
Pablo lo expresó con fuerza: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros». Y luego añade: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús». La mente de Cristo es una mente volcada hacia otros.
El mismo Jesús lo modeló perfectamente: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos». El Creador del universo tomó forma de siervo. El que tenía todo derecho a exigir adoración lavó los pies de sus discípulos. El que podía haber llamado legiones de ángeles se dejó clavar en una cruz por amor a quienes lo crucificaban.
No se nos pide perfección. Se nos pide dirección. ¿Hacia dónde apunta tu corazón? ¿Hacia el yo o hacia el amor? Cada pequeña elección en dirección al amor — cada acto de paciencia, cada palabra de ánimo, cada renuncia al orgullo — es un paso en el camino estrecho. Y ese camino, aunque angosto, lleva a la vida.
La buena noticia es que no caminamos solos. El Espíritu Santo obra en nosotros «así el querer como el hacer, por su buena voluntad». No dependemos solo de nuestra fuerza de voluntad. Dependemos de la gracia que nos transforma desde adentro, que inclina nuestro corazón hacia donde por naturaleza no iría.