EN | ES
Capítulo Cinco

El Espíritu que Mora en Nosotros

El Espíritu que Mora en Nosotros

Antes de partir, Jesús hizo una promesa extraordinaria a sus discípulos: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad... vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros».

Los discípulos habían caminado con Jesús, habían escuchado su voz, habían visto sus milagros. Pero ahora él prometía algo aún más íntimo: no solo estaría con ellos, sino en ellos. El Dios del universo haría su morada en el corazón humano. Pablo lo dice sin rodeos: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?»

Esto cambia todo. No estamos solos en nuestro esfuerzo por seguir a Cristo. No dependemos únicamente de nuestra memoria de sus enseñanzas ni de nuestra fuerza de voluntad para obedecerlas. Tenemos al Maestro mismo viviendo dentro de nosotros, guiándonos, transformándonos, dándonos poder para ser lo que por nosotros mismos nunca podríamos ser.

El Espíritu Santo cumple muchas funciones en la vida del creyente. Jesús dijo que él «os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Hay momentos en que una palabra de las Escrituras cobra vida de pronto, cuando un versículo que habías leído cien veces de repente penetra tu corazón con fuerza nueva. Ese es el Espíritu enseñando, recordando, iluminando.

Pablo habla de que «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». Hay una certeza interior que no viene del razonamiento sino de algo más profundo — una seguridad en el corazón de que pertenecemos al Padre, de que somos amados, de que estamos en casa. Ese testimonio interno es obra del Espíritu.

Y luego están los frutos. «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». No son logros que alcanzamos por esfuerzo propio. Son frutos que crecen naturalmente cuando permanecemos conectados a la vid. Jesús lo dijo: «El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer».

La vida cristiana no es principalmente un esfuerzo por ser buenos. Es una relación. Es permanecer en Cristo y dejar que Cristo permanezca en nosotros. Es abrirnos cada día al Espíritu que mora en nosotros, escuchando su voz suave, siguiendo sus impulsos, permitiendo que su vida fluya a través de la nuestra.

A veces su guía viene como un pensamiento con claridad inusual. A veces como una inquietud que no te deja en paz hasta que obedeces. A veces como una paz profunda en medio de circunstancias que deberían producir ansiedad. A veces a través de las palabras de un hermano, de un pasaje bíblico, de una circunstancia que parece responder exactamente lo que preguntabas.

El Espíritu es gentil. No fuerza. No grita. Susurra. Invita. Espera. Respeta nuestra libertad mientras nos atrae hacia la libertad verdadera. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad», dice Pablo. No la libertad de hacer lo que queramos, sino la libertad de ser quienes fuimos creados para ser.