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Capítulo Seis

La Nueva Criatura

La Nueva Criatura

Pablo escribió palabras que han dado esperanza a millones: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas». No dice «criatura mejorada» ni «criatura reparada». Dice nueva. Algo fundamentalmente diferente. Un nuevo comienzo.

Esto es lo que Jesús le explicó a Nicodemo aquella noche: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Nicodemo, un maestro respetado de Israel, no entendía. ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? Pero Jesús hablaba de otro tipo de nacimiento — un nacimiento espiritual, una transformación tan radical que solo puede describirse como empezar de nuevo.

Esto no es reforma moral. No es simplemente decidir portarse mejor, hacer más esfuerzo, cumplir más reglas. Es ser recreado desde adentro. Es recibir una nueva naturaleza, nuevos deseos, nuevos ojos para ver, nuevo corazón para amar. Es lo que Dios prometió por medio de Ezequiel: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne».

El viejo corazón estaba curvado hacia sí mismo. El nuevo corazón puede amar. El viejo corazón estaba endurecido. El nuevo corazón es sensible a la voz de Dios. El viejo corazón buscaba su propia gloria. El nuevo corazón encuentra gozo en glorificar al Padre. No porque se esfuerce más, sino porque es diferente.

Pablo lo vivió en carne propia. Él, que había perseguido a la iglesia con furia, que había aprobado la muerte de Esteban, que respiraba amenazas contra los discípulos — ese mismo hombre se convirtió en el apóstol del amor y la gracia. No fue un cambio gradual de opinión. Fue un encuentro con el Cristo resucitado que lo transformó completamente. El perseguidor se volvió predicador. El enemigo se volvió embajador.

Esta transformación no ocurre toda de una vez. Hay un momento de nuevo nacimiento, sí, pero luego viene toda una vida de crecimiento. Pablo habla de ser «transformados de gloria en gloria en la misma imagen» de Cristo. Es un proceso. Hay avances y retrocesos. Hay días de victoria y días de lucha. Pero la dirección está establecida, y el que comenzó la buena obra la perfeccionará.

Pedro, que negó a Jesús tres veces, se convirtió en la roca sobre la que se edificó la iglesia. Sus cartas respiran amor, humildad, y una confianza inquebrantable en el Señor que lo restauró. La nueva criatura en él no borró su personalidad — seguía siendo Pedro, impetuoso y apasionado — pero la redirigió, la purificó, la puso al servicio del Reino.

Esto es lo que Dios hace en nosotros. No nos convierte en copias idénticas sin personalidad. Nos transforma en versiones redimidas de nosotros mismos — quienes realmente fuimos diseñados para ser antes de que el pecado distorsionara todo. Como dice C.S. Lewis, Dios no quiere que seamos menos nosotros mismos, sino más. La santificación no es la muerte de la personalidad sino su florecimiento pleno.

Cada día es oportunidad para que la nueva criatura crezca. Cada elección de amor sobre egoísmo, cada momento de obediencia, cada rendición de la voluntad propia — todo contribuye al proceso de ser conformados a la imagen de Cristo. Y un día, cuando lo veamos cara a cara, la obra será completa. «Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es».