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Capítulo Siete

El Prójimo como Espejo

El Prójimo como Espejo

Jesús contó una parábola que incomodó a su audiencia entonces y sigue incomodando hoy. Un hombre preguntó: «¿Y quién es mi prójimo?» Esperaba quizás una respuesta que le permitiera limitar su responsabilidad. Lo que recibió fue la historia del buen samaritano — un extranjero despreciado que mostró misericordia cuando los religiosos respetables pasaron de largo.

Al final, Jesús volteó la pregunta: «¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» No se trataba de definir quién merecía nuestro amor. Se trataba de convertirnos en personas que aman. El prójimo no es una categoría que limitamos; es cualquiera que encontramos en el camino.

Las personas que Dios pone en nuestra vida no están ahí por accidente. El compañero de trabajo que nos irrita. El familiar que no entiende nuestra fe. El vecino con opiniones opuestas. El mendigo en la esquina. Cada uno es oportunidad de amar — y cada uno nos revela algo sobre nosotros mismos.

Jesús lo dijo sin rodeos: «¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?» Lo que nos molesta en otros frecuentemente señala algo no resuelto en nosotros. La persona que nos saca de quicio puede ser el instrumento que Dios usa para mostrarnos áreas donde todavía necesitamos crecer.

Pablo entendía esto cuando escribió: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». La vida en comunidad — con todas sus fricciones y dificultades — es el taller donde se pule el carácter. Podemos leer sobre el amor en soledad, pero solo lo aprendemos en relación. Podemos admirar la paciencia en teoría, pero solo la desarrollamos cuando alguien nos prueba.

Por eso la iglesia importa. No porque seamos perfectos — claramente no lo somos — sino porque necesitamos unos de otros para crecer. «Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo», dice Proverbios. El crecimiento espiritual no es proyecto individual. Es algo que ocurre en comunidad, en el dar y recibir, en el perdonar y ser perdonado, en el amar a personas reales con defectos reales.

Jesús puso el listón muy alto: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». No dijo que sería fácil. Dijo que así seríamos hijos de nuestro Padre celestial, «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos».

El amor que Jesús enseña no discrimina. No calcula si el otro lo merece. No espera reciprocidad. Simplemente ama — porque esa es la naturaleza de Dios, y nosotros somos llamados a reflejar esa naturaleza. Cada persona que encontramos es oportunidad de practicar ese amor radical. Cada interacción es momento de decisión: ¿responderé desde el ego herido o desde el amor de Cristo en mí?

Tu prójimo — el de hoy, el de esta hora — es tu maestro. En él o ella encontrarás exactamente las lecciones que necesitas aprender.