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Capítulo Ocho

La Esperanza que No Defrauda

La Esperanza que No Defrauda

Pablo escribió desde la cárcel palabras que resuenan a través de los siglos: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». No hablaba como quien teme la muerte. Hablaba como quien sabe que hay algo al otro lado — algo mejor, algo que hace que las cadenas presentes parezcan ligeras en comparación.

La esperanza cristiana no es optimismo vago ni ilusión para consolarse. Está anclada en un evento histórico: la resurrección de Jesús. «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho», dice Pablo. Si Cristo resucitó, entonces la muerte no tiene la última palabra. Si él venció la tumba, nosotros también la venceremos en él.

Jesús mismo lo prometió: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente». Estas palabras las dijo frente a la tumba de su amigo Lázaro, momentos antes de demostrar su poder sobre la muerte. No eran teoría filosófica. Eran declaración de autoridad.

¿Qué significa esto para cómo vivimos hoy? Significa que podemos enfrentar las dificultades con perspectiva eterna. Pablo lo dice así: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse». No minimiza el sufrimiento — Pablo conocía el sufrimiento mejor que la mayoría — pero lo coloca en contexto.

También significa que las despedidas no son finales. «No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza». El duelo es real y necesario. Jesús mismo lloró junto a la tumba de Lázaro. Pero el duelo cristiano está teñido de esperanza. No es un adiós para siempre sino un «hasta luego».

Juan tuvo una visión del final de todas las cosas: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron». Un día, todo será restaurado. Todo lo que el pecado rompió será sanado. Toda injusticia será corregida. Todo amor verdadero será reunido.

Mientras tanto, vivimos en el «ya pero todavía no». Ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado plenamente lo que seremos. Ya tenemos al Espíritu como garantía de la herencia, pero todavía no la poseemos en su totalidad. Caminamos por fe, no por vista.

Esta esperanza no nos hace pasivos ante el sufrimiento del mundo ni indiferentes a la justicia. Al contrario — porque sabemos que el Reino viene, trabajamos para que venga. Porque creemos en la restauración final, participamos en la restauración presente. Alimentamos al hambriento, visitamos al preso, cuidamos al enfermo — no porque pensemos que resolveremos todos los problemas, sino porque así se ve el Reino, y queremos que se vea ya.

La esperanza cristiana no defrauda, dice Pablo, «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado». No es esperanza construida sobre nuestros méritos ni sobre circunstancias favorables. Es esperanza anclada en el carácter de Dios — y él es fiel.