La Oración y la Quietud
La Oración y la Quietud
En medio de un ministerio intenso — multitudes que lo buscaban, enfermos que sanar, discípulos que enseñar — Jesús hacía algo que a muchos les parecería improductivo: se retiraba a lugares solitarios a orar. «Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba». Si el Hijo de Dios necesitaba esos momentos de quietud con el Padre, ¿cuánto más nosotros?
La oración no es principalmente una lista de peticiones que presentamos a Dios. Es relación. Es conversación. Es estar con aquel que nos ama. Jesús enseñó a sus discípulos a orar diciendo «Padre nuestro» — no «Señor distante» ni «Juez temible», sino Padre. La oración es el hijo hablando con su papá, con la confianza de quien sabe que es amado.
David escribió: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Hay algo que solo se aprende en la quietud. El ruido constante de la vida moderna — las pantallas, las notificaciones, las mil voces que compiten por nuestra atención — ahoga la voz suave del Espíritu. Para escucharla, a veces necesitamos simplemente callar.
No se requiere técnica elaborada ni postura especial. Se requiere disposición. «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto», dijo Jesús. Un lugar tranquilo. Unos minutos sin interrupción. Un corazón abierto. Eso es suficiente para comenzar.
A veces la oración es palabras — alabanza, confesión, petición, intercesión. A veces es simplemente estar presente, sin palabras, descansando en la presencia de Dios como un niño en brazos de su padre. «En satisfacción acallé mi alma como un niño destetado está con su madre», escribió el salmista. Hay oraciones que no necesitan palabras.
Pablo exhortó a orar sin cesar. No quería decir que anduviéramos murmurando oraciones las veinticuatro horas. Quería decir que mantuviéramos una actitud de conexión constante — una conversación continua que a veces usa palabras y a veces es simplemente consciencia de la presencia. Trabajar orando. Caminar orando. Vivir en diálogo permanente con el Padre.
En la oración también escuchamos. No siempre como voz audible — aunque Dios puede hablar como quiera — sino como claridad interior, como paz inesperada, como dirección que no sabíamos que necesitábamos. «Mis ovejas oyen mi voz», dijo Jesús. La voz del Pastor se reconoce. Pero hay que cultivar el oído. Hay que practicar la escucha.
Las Escrituras son voz de Dios también. Cuando leemos la Biblia no en modo de estudio académico sino en modo de escucha — preguntando «Señor, ¿qué me dices hoy?» — las palabras antiguas cobran vida nueva. El Espíritu que inspiró las Escrituras es el mismo que mora en nosotros, y él conecta ambos.
La quietud no es escape del mundo sino preparación para servirlo mejor. Jesús salía de sus tiempos de oración con claridad renovada, con poder para sanar y enseñar, con compasión por las multitudes. La quietud con Dios no nos hace menos activos sino más efectivos. Nos llena de lo que luego podemos derramar sobre otros.
Encuentra tu lugar desierto. Puede ser temprano en la mañana, antes de que despierte la casa. Puede ser en un parque durante el almuerzo. Puede ser en la noche cuando todo se aquieta. El lugar importa menos que la intención. Tu Padre te espera en secreto, y quiere recompensarte en público con una vida transformada.